jueves, 26 de febrero de 2015

61.

‘¿Seguís enojada?’

‘Mmm… No, no sé.’

‘¿No sabes si estás enojada?’

‘Me aflojaste.’

‘¿Te gustaron los regalitos?’

‘Sí, gracias.’

‘¿Nos vemos hoy?’

‘Sí vas a tu casa…’

‘Hey, de verdad que no pude zafar.’

‘Bueno. Tengo que entrar a clases.’

Okei, estaba enojada. Muy enojada… Pero no me preocupaba, sabía que con un par de caricias en algunos lugares muy estratégicos su enojo pasaría a formar parte del pasado.

Continué con mi trabajo y no podía más, me había desacostumbrado… Eso es lo malo de estar al pedo. (Creo).

-

Okei, recién había pasado el primer día y yo ya quería vacaciones otra vez. Hice una cola de casi dos horas en la librería para comprar los apuntes de Psicología y Comunicación y volví a lo de Pedro. Dejé las cosas allí y salí con la bici, rumbo a comer en no sé dónde.

Frené en un bar bastante decaído y almorcé allí, mientras intentaba ordenar al menos un poco mi cabeza.
Veía al mundo pasar por el vidrio y no entendía como estaban tan acelerados, iban tan rápido como mis pensamientos.

Sonó mi celular y era él, pero no quería atenderlo. No entendía lo que me pasaba y no iba a gastarme en darle explicaciones inventadas. Pagué y me fui.

Volví a subirme en mi bicicleta y tomé un rumbo desconocido, solo quería andar y andar.

Ya me dolían los pies y sentía los malditos rayos del sol incrustados hasta en los huesos, frené y me compré un agua en un kiosko. –Y sabía que estaba cerca del trabajo de Pedro.-

‘¿A qué hora salís?’

‘En un rato… No sé. ¿Por?’

‘Estoy a un par de cuadras.’

‘¿Me bancas media hora?’

‘Solo media hora.’

‘Solo media hora. Te lo prometo.’

‘Bueno, está bien…’


-

Pasó media hora reloj y yo estaba detrás de ella, la abracé sin avisarle y le hice cosquillas.

- ¡Pedro!
- ¿Qué?
- Salí, soltame.
- ¿Por qué?
- Porque cuando quería que me toques no lo hiciste, asique ahora me soltas. –Dijo y se zafó de mí.-
- ¿Seguís enojada?
- Sí, estuve dos horas preparándome para ir a tu casa y que despidamos las vacaciones y te fuiste. Y ya sé, ya sé que no tengo derecho a nada porque no somos nada. No puedo hacerte ninguna escena, ni estar celosa ni molesta. Pero me jodió. Quería estar con vos.
- Perdón, perdón, perdón. –Dije y la tomé por la cintura.-
- ¿Tan importante era lo que estabas haciendo?
- Sí, una reunión en la casa de mi jefe.
- ¿De noche?
- Sí Pau… De noche. Dale, afloja.
- No sé.
- Sí, sabes…
- Soltame.
- No te voy a soltar. –Dije y mi mano se metió por debajo de su remera, acariciando su espalda.-
- Estamos en la calle y me soltas. –Volvió a separarse de mí.-
- ¿Te pasa algo más?
- No. Me quiero ir de acá.
- Paula…
- ¿Qué?
- Vamos a mi casa así podemos hablar.
- Okei. Anda como quieras, tengo mi bici a un par de cuadras.

Y se alejó enojada de mí. ¡La puta madre!

Al fin estábamos en mi casa, en la cocina. Ella parada contra la pared y cruzada de brazos.

- ¿Me podes explicar qué te pasa?
- Que me muero de miedo.
- ¿Miedo de qué?
- De que no somos nada y un día me vas a dejar y yo me voy a morir.
- ¿Por qué decís eso?
- Porque es obvio. Nos conocemos hace un montón, nos besamos cuando pinta, me coges cuando se te canta pero seguimos siendo dos desconocidos que comparten una cama.
- No somos dos desconocidos.
- Sí…
- No Pau, nos conocemos más que nadie.
- ¿Y eso de qué me sirve?
- ¿Vos queres que seamos novios?
- No, porque sé que no te lo bancarías.
- ¿Y entonces?
- No sé. Me da miedo lo adicta que soy a vos.
- Para un poco con eso de la adicción.
- Es la verdad Pedro.
- ¿Sos adicta a esto? –Pregunté pasando mi dedo índice por su feminidad.-
- Te estoy hablando en serio pelotudo.
- Y yo también, dale… Si los dos nos morimos por hacerlo ahora.
- No quiero alejarme de vos.
- No nos vamos a alejar.
- ¿Me hablas de verdad?
- Muy de verdad.
- Mmm…
- En serio Pau. –La besé.-
- ¿Podes dejar de boludearme?
- No te estoy boludeando… -Dije queriendo sacar su remera.-
- Que seriedad hablar mientras me pones en bolas.
- Ardemos más que una pipa.
- Vos me haces arder.
- ¿Y entonces qué problema hay?
- Que me doy cuenta que no soporto vivir sin esto.
- No vas a vivir sin esto… -Dije y terminé de sacar su remera para jugar alrededor de su ombligo con mis dedos y ella se venció, sonreí. Escondió su cabeza en mi cuello y desabrochó mi pantalón.-

Nuestras prendas habían quedado en la cocina y nosotros estábamos en el living, a punto de ingresar a la gloria.

Sus uñas se clavaban como agujas en mi espada y yo clavaba mis dedos en su cabeza. No nos importaba nada más que la piel que existía entre nosotros.

1 comentario:

  1. Me encantoooo!!! Y repito, sigo sin confiar en lo que esta diciendo Pepe...

    ResponderEliminar