sábado, 17 de enero de 2015

18.

Me desperté tarde, muy tarde… Es que casi ni había dormido de noche.

Mi casa estaba llena de gente y odié a cada una de esas personas, tuve que cambiarme y parecer una chica normal. (Y fingir ser feliz).

Saludé a todas aquellas personas intentando parecer lo más simpática posible y fui en busca de comida, mi celular sonó y sonreí al ver que era Zai.

- Hola gorda, dame dos segundos que están tus viejos acá y si nos escuchan nos matan. Subo a mi cuarto y te llamo. –Dije lo más bajito que pude y después de buscar comida volví a mi habitación.-

- Zai, ahora sí…
- ¿Qué hacen mis viejos en tu casa?
- Suelen venir, está lleno de gente. No sé, recién me levanté.
- ¿Recién?
- Sí, no me podía dormir anoche.
- ¿Pedro?
- Sí, pero no voy a hablar.
- ¡Paula!
- ¿Qué?
- No seas boluda.
- No me jodas Zai, en serio. Contame algo tuyo, siempre hablamos de mí…

Pasamos casi una hora hablando por Skype con mi prima y ella debió irse por su trabajo. Mi casa seguía minada de gente asique mis planes para el día de hoy eran muy simples: no salir de mi cuarto.

Ordené un poco todo e hice la cama, puse música y me dediqué a ordenar el mueble donde tenía todas las cosas de la universidad, eran tantas hojas que no tenía ni la menor idea de por donde empezar.

El día estaba gris, lluvioso… Tal como estaba yo. Saqué una foto a la vista de la ventana de mi habitación y la publiqué en Facebook: 

“Tal como me siento yo, así está el día.”

-

Mi celular vibró ya que había terminado de cargarse y lo desenchufé para poder prenderlo… Ingresé en Facebook y casi sin darme cuenta en mi garganta se formó un nudo horrible al ver la publicación de Paula.

Sinceramente no me reconocía, no entendía quien era, no entendía que me estaba pasando. De repente unas horribles ganas (mezcladas de necesidad) de abrazarla me invadieron y casi por impulso marqué su número, pero como era de esperarse la llamada fue rechazada.

Está bien,  no podía pretender hacer de cuenta que no había pasado nada… Pero como quisiera.

-

Al ver en la pantalla de mi celular que me estaba llamando Pedro mi cuerpo se tensó y le corté, si atendía no sabría que decir y tampoco se merecía que le responda.

Intenté poner mi cabeza en otro lado, pero se me hacía imposible. Pedro estaba constantemente en mis pensamientos. ¡Y me odiaba por ello!

Después de un largo rato, recibí un whatsapp de él, pero le clavé los ticks azules. No me iba a dejar embrollar otra vez en sus chamullitos, se caía de maduro que hacía lo mismo con todas las minas que se cruzaban en su vida.

‘Pau, me gustaría que hablemos. Por favor, ya sé que me mande una cagada pero me gustaría explicarte o contarte algo.’

Ya había pasado más de media hora desde que había recibido aquel mensaje y la realidad era que moría por responderle.

‘¿Y por qué debería escucharte?’

‘Porque todos nos merecemos una segunda oportunidad, yo te la di…’

¡Y me cagó! Tenía razón en lo que decía…

‘¿Pero que me garantiza que no vas a volver a tratarme así?’

Y su próxima respuesta fue un audio: 

‘Perdón, yo te juro que sé que estuve mal, pasa que no estoy acostumbrado. Yo tengo algo congénito, que cada tanto me obliga a pasarme una estadía internado, no importa qué es eso ahora. Solo importa que no estoy acostumbrado a recibir visitas porque desde que mis viejos y mi abuela  no están nunca volví a recibirlas y porque odio que la gente me vea en ese estado. No merecías ese trato y lo sé, perdoname.’

‘Capaz me desubiqué en ir, no sé…’

‘¿Podemos vernos? Por favor.’

‘No Pedro, ahora no…’

‘¿Por qué?’

‘Porque no quiero, no quiero volver a pasarla mal.’

‘Te prometo que eso no va a pasar. Por favor, voy a estar todo el día en casa.’

-

Pasó el día entero y Paula nunca vino… No parecía tan temperamental cuando la conocí.

Llamé al delivery y pedí una suprema con ensalada, porque no podía comer otra cosa y mis ganas de levantarme de la cama a cocinar eran más que nulas.

Habían pasado cuarenta minutos y el timbre sonó…

-

Pasé todo el día dudando entre ir o no, pero ya era de noche y aun no me había decidido. (Sí, a veces suelo ser bastante indecisa o histérica, como prefieran).

Me bañé y me cambié, era claro que iba a pasar una noche en vela… 

Había dormido hasta tarde y encima mi cabeza no frenaba ni una milésima de segundo.

Me preparé un sándwich con una milanesa fría que había en la heladera, me serví un vaso de Terma y fui rumbo a mi cuarto… Cené mirando la tele y luego agarré mi cuaderno.

‘De un segundo al otro, todo se oscureció mucho más que antes. Mis pupilas tardaron en acostumbrarse A aquella profunda oscuridad un largo rato, no sé cuanto.

Y si había algo que odiaba era la oscuridad, porque con ella de por medio uno no puede hacer demasiado. Cuando todo está negro no podes moverte porque la posibilidad de caerte está siempre presente, tampoco podes mirar demasiado porque claro, la situación te lo impide. Solo podes quedarte quieta en un lugar e intentar dormir, pero cuando los pensamientos atormentan tu mente es imposible dormir… Y ahí es cuando la oscuridad comienza a transformarse en angustia y esa angustia en lágrimas.

Y si uno se detiene a pensar un momento, casi todo en esta vida acaba en lágrimas… Tanto la felicidad como la tristeza. Las lágrimas son una parte nuestra, una parte inevitable. Las lágrimas a veces saben dulces, pero otras veces tan saladas…’

Quise seguir escribiendo, pero la tranquilidad de mi casa se desvaneció en menos de un segundo y la realidad era que lo que menos quería era aguantar aquellos gritos, asique salí de mi casa y busqué mi bicicleta sin saber demasiado bien donde iría…

Y casi sin darme cuenta estaba tomando el camino que menos quería, rumbo a la casa de Pedro.


Al llegar a la puerta veo un delivery y al ver que tocó el timbre del departamento de Pedro, le pagué y le dije que se vaya, que yo le entregaría la comida a Pedro.

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Chan... Chan... ¿Qué pasará entre ellos?

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