domingo, 8 de marzo de 2015

73.

Si bien la habitación era enorme, también era lo suficientemente pequeña como para que Pedro pudiera alcanzarme.

Corrí como una nena por un par de segundos hasta que él me alcanzó y me abrazó por la espalda.

- ¿Vos queres que yo te demuestre que siempre vas a ser mía?
- Es lo que estoy esperando.

Sentí sus manos presionar mi abdomen y a sus labios ir al encuentro con mi cuello, tiré mi cabeza para el costado contrario dejándole vía libre. Su boca depositó reiterados besos que a medida que ocurrían aumentaban en pasión y se iban turnando con algunas lamidas o mordidas. Posé mis manos sobre las suyas e hice que nuestros dedos se entrelacen. Suspiré y él me mordió con más fuerza, sonreí. Seguía entendiendo mis señales.
Después de un rato, abandonó mi cuello y se concentró en mi oreja –mi maldito punto débil, lo sabía él y lo sabía yo.- Besó detrás de ella y luego tomó el lóbulo entre sus labios, lo masajeó y me causó cosquillas, estaba riendo cuando sin previo aviso lo mordió y gemí.

- Muy bien Paulita. –Reí y me dio vuelta, para que nuestros labios puedan unirse.-
- ¿Muy bien qué?
- Como gemís.
- ¿Te gusta como lo hago?
- Me vuelve loco.
- Lo voy a hacer más seguido… -Me acerqué a él y le susurré al oído.- Al lado de tu oído.
- Por favor.

Sonreí y nuestros labios volvieron a localizarse. Sus dientes tomaron entre ellos mi labio inferior y yo lo abracé más fuerte.

Nuestras bocas encajaban mejor que las placas tectónicas, parecía que habían nacido solamente para unirse. Su lengua y la mía se encontraban en el camino y no parecían tener problema alguno de chocarse.

- Nunca creí que podía extrañar tanto a alguien. –Me dijo con la respiración agitada.-
- ¿Viste? Causo estragos en la gente que conozco.
- En mí causas todo.
- ¿Qué es todo?
- Todo.

Y no pude responderle porque me arrebató los labios otra vez, yo no me quejé porque claramente lo disfrutaba como pocas cosas.

Su mano desenganchó mi camisa de mi pantalón y se deslizó por mi cintura. Suspiré e hice que su cuerpo esté aún más cerca del mío.

- Creí que te habías olvidado de las cosas que me gustaban.
- ¿Cómo me voy a olvidar?
- Hacía mucho no lo hacías, solo querías ponermela y ya.
- Fui un pelotudo.
- No fue un reproche, fue solo que me encanta que lo hagas. Seguí.

Lo note sonreír y, sin dejar de besarme, me dirigió a la cama, con sus manos sobre mi espalda me hizo caer lentamente en el colchón y antes de abalanzarse sobre mi cuerpo me quitó los zapatos. –Lo cual agradecí porque no los soportaba más.- Después, sacó sus zapatos y sus medias.

Dejó mis tacos y sus zapatos con las medias dentro sobre el suelo y ahora sí, se recostó sobre mí pero con cuidado. –Lo cual me mató de ternura.- Con sus manos se apoyaba a los costados de mi cuerpo sobre el colchón que todo su peso no cayera sobre el mío.

- Te amo Pedro… -Dije por primera vez, nunca se lo había dicho en esta circunstancia y creo que tampoco se lo había dicho en una situación linda. Siempre fue en peleas, a modo de reprocho.- Te amo y no soportaría que no seas parte de mi vida.
- Sos lo más lindo que me pasó en la vida. –Dijo y nos quedamos unos instantes mirándonos, nuestros ojos expresaban un deseo que era indescriptible.-

Nuestros labios volvieron a ser uno y se recorrieron por un buen rato.

Sin dejar de besarme, sentí que comenzó a desabrochar uno a uno y muy lentamente, los botones de mi camisa hasta que la abrió por completo.

Sus labios abandonaron los míos y con pequeños besos se fue acercando a mi cuello, bajó por ahí y (siempre lento) se entrometió en mi pecho, siempre con besos.

Sus besos me llenaban de placer y el rose de su barba con mi piel un cosquilleo que resonaba en todo mi cuerpo. Mis suspiros eran cada vez más fuertes y lentamente, iban mutando a gemidos.

Me apoyé con mis brazos, para poder erguirme solo un poco y él quitó mi camisa y su cabeza se hundió en mi abdomen, yo volví a recostarme y mis manos se enredaron con su cabello castaño.

La excitación ya había tomando mi cuerpo y eso él lo notaba, metió sus manos por debajo de mi cuerpo y quitó mi corpiño. Ellos eran una clara muestra de que mi cuerpo era un fuego. Pedro sonrió al verlos y jugó con ellos por un largo rato, como si fuese un nene literalmente hablando.

Quité su remera lo más lento que pude, deslizando mis dedos por su piel e hice que se siente de espaldas a mí. Sabía que, al igual que yo, su espalda era un trampolín directo al placer.
Comencé con unos suaves masajes que intercalé con varios besos y, a medida que los minutos sucedían, los masajes se convirtieron en caricias. Mis dedos dibujaban figuras abstractas en su piel y su respiración agitada, sus ojos cerrados y su cuello tirado para atrás, eran una clara señal de que lo estaba disfrutando.

Mis labios recorrieron su nuca y luego lo tiré sobre mi cuerpo para recorrer su cuello también con mi boca, mientras mis manos recorrían su pecho.

Gemí en su oído, a propósito y él me devolvió el gemido. Definitivamente ya estaba despierto. Di una vuelta y me tiré sobre él, dio una vuelta y quedamos al revés.

Él desarmó mi peinado –siempre le gustaba que tenga el pelo suelto a la hora de hacerlo.-

Luego, desabrochó mi pantalón y me lo deslizó lentamente por mis piernas, sonrió al ver mi portaligas –sabía que lo volvía loco.- y recorrió mis piernas de punta a punta con besos muy húmedos.

- ¿Te gustó la sorpresita? –Pregunté.-
- Me encantó hermosa. –Dijo y volvió a mi boca, nos besamos otro largo rato y fue él quien se quitó su pantalón.-

Me sorprendió y nuevamente volvió a recorrer todo mi cuerpo con sus besos.

Se notaba que lo que buscaba era que disfrute y definitivamente lo estaba logrando.

Sus labios húmedos recorrieron cada centímetro de mi piel y ya estaba completamente desesperada.

Con cuidado y muy despacio, comenzó a quitar mi portaligas. Yo quité su boxer.

Él estaba sobre mí, yo debajo de él.

Nuestros cuerpos transpiraban y estallaban en sensaciones.

No dejábamos de mirarnos a los ojos expresando el deseo y el placer que sentíamos en aquel entonces.

Mis manos apretaban con fuerzas las sábanas de seda.

Sus manos estaban firmes sobre mi cuerpo, lo apretaban.

El reencuentro había sucedido. Habíamos vuelto a ser los de siempre.

Sus ojos se cerraron con fuerza y casi al unísono los míos también.

El reencuentro había acabado.

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